jueves, 22 de noviembre de 2007
viernes, 16 de noviembre de 2007
Rua
Ahí estaba ella, como una gaviota empetrolada, aleteando desesperada sin despegar sus patitas blancas de pampero para lluvia del cordón de la vereda. La miré porque escuché un chillido débil y agudo. Me acerco y le pregunto si quiere cruzar la calle (Perón y Callao, 2.30 am) y con esa mirada transparente tierna senil me corrige enérgica: “¡No! ¿No ves que me caí en un pozo?” mientras me señala un desnivel en el cordón de unos quince milímetros. La ayudo a salir del pozo (¡yo!) y me explica que lo que quiere es ir a comprar el diario al kiosco.
Sigo caminando con ligereza etílica de gaviota joven y hermana, huyendo del petróleo también.
Eu nao sou da sua rua,
Eu nao sou o seu vizinho.
Eu moro muito longe, sozinho.
Estou aqui de passagem.
Eu nao sou da sua rua,
Eu nao falo a sua langua,
Minha vida a diferente da sua.
Estou aqui de passagem.
Esse mundo nao a meu,
Esse mundo nao a seu
(Branco Mello - Arnaldo Antunes)
miércoles, 14 de noviembre de 2007
lunes, 12 de noviembre de 2007
Crónica del Tachero Suizo IX
En Venezuela se le dice dar la cola
Subiendo por Sinclair giré mi cabeza hacia la izquierda y fue ese improvisado movimiento el que me permitió divisar el brazo levantado de una mujer de unos cuarentipico al que el conductor del tacho vacío que tenía adelante no divisó. Apenas se acomoda en el asiento trasero me indicó que debíamos ir a Tucumán al 2600 y luego me preguntó:
-¿Cómo es que le dicen ustedes cuando alguien se ofrece a llevarte con el carro a algún lugar que le queda de pasada?
Le contesté que nosotros lo llamamos acercar.
-Ah, claro, acercar. Fíjate que nosotros allá en Venezuela le decimos a lo que ustedes llaman acercar “dar la cola”, pero me han dicho que eso tiene otro significado acá. Figúrate que los otros días le pedí a un conocido que iba hacia donde yo vivo que me diera la cola y me puso una cara de sorpresa que para qué te cuento, pero cuando me dijeron lo que aquí significaba casi me muero de vergüenza.
En ese momento pensé que quizás la confusión hubiera sido aun más grande si la que se ofrecía a dar la cola hubiera sido ella, puesto que no es por subestimar la tan mentada generosidad latinoamericana, pero como un gesto de gratitud por acercar a alguien un par de cuadras me parece un poco excesivo. Luego de un corto suspiro agregó:
-A ustedes los hombres sí que se les hace todo más fácil.
Le pregunté a qué se refería.
-Y claro, fíjate que nosotras para ir a trabajar o nomás para salir a la calle tenemos que pensar qué nos vamos a poner, que los zapatos nos combinen con la pollera o la cartera etc., en cambio ustedes se ponen lo que tienen a mano y listo. Además un hombre de más de 40 todavía puede ser guapo, en cambio nosotras a esa edad ya comenzamos a ser viejas. Incluso a un señor de 60 se lo puede considerar como un hombre maduro, en cambio a nosotras a esa edad para lo único que servimos es para cuidar a los nietos.
Le contesté que alguna ventaja ellas tendrán sobre nosotros, a lo que me replicó "Ah, ya sé, me vas a decir que el ser madres… vaya ventaja. Que no me escuche mi gordo, pobre" Supuse que debía analizar con más detalle el tema, pero en principio tuve la impresión de que algo de razón tenía y que el poder jugar a la batalla naval con las pelotitas de naftalina no era nuestro único privilegio sobre el sexo opuesto. Al llegar a la intersección de Tucumán y Pueyrredón me dijo:
-Bueno, qué lata te he dado, pero supongo que ustedes deben estar un poco acostumbrados porque seguro que la gente los debe utilizar como psicólogos.
Fue ese último comentario que me hizo reflexionar que quizás un viaje en taxi tenga algunas ventajas con respecto a una sesión de terapia. Porque a diferencia de los psicoanalistas que suelen interrumpir el discurso de sus pacientes con un montón de inquietantes preguntas retóricas como ¿qué quiso decir? o ¿a usted qué le parece?, las cuales pueden agravar sus cuadros de incertidumbres existenciales; nosotros nos limitamos a responder con una serie de condescendientes y tranquilizadores sí, claro o ¡qué barbaridad! (al pasajero siempre hay que darle la razón).
En alguna oportunidad escuché que también se nos ha comparado con una suerte de confesores paganos. Sin embargo, a diferencia de los curas u otras autoridades eclesiásticas no prescribimos a las confesiones con alguna forma de penitencia como el rezo de una determinada cantidad de Ave Marías o Padres Nuestros, ni siquiera otra pena secular o más afín a la profesión, como cruzar la 9 de julio en hora pico, o escribir en una pizarra varias veces “debo cerrar la puerta de atrás del tacho con delicadeza puesto que ésta no es giratoria” etc.
Puse el reloj en cero y me dirigí hacia la esquina donde me pareció divisar el brazo levantado de un nuevo pasajero o debería decir paciente.
domingo, 4 de noviembre de 2007
martes, 30 de octubre de 2007
Noviembre
lunes, 22 de octubre de 2007
Arte de Balneario*
El lugar somos nosotros.
Partimos en una caravana mutante hacia el sur del verano. Hacia la aldea del suizo, en reposo. En un retiro espiritual, en un rito de reinicio. Una convivencia freaky. Una villa sin mosquitos y una playa sin palmeras. Festejamos a un amigo, el mentor.
Una semana de incubación colectiva. Al viento y al sol.
*Para JSG
martes, 9 de octubre de 2007
¡Primavera! - Tertulia Mutante VI
domingo, 7 de octubre de 2007
Crónica del tachero suizo VIII

El gato egipcio
Circulaba por Suipacha cuando decidí doblar en dirección a Arenales. Fue entonces que me pregunté cuáles habrían sido los méritos militares, políticos o de otras índoles que le merecieron al tal Arenales el hacerse adjudicatario del nombre de una calle. No obstante, en mi muy personal guía de la ciudad los nombres de muchas calles tenían connotaciones que en mi memoria remitían a algunos pasajeros en particular. Algunos de dichos recuerdos me resultaban tan remotos que me incitaban a interrogarme acerca de cuáles eran las reales fronteras de la memoria. "La memoria nos recuerda que debemos olvidar", era una frase cuya autoría -no estaba del todo seguro, pero como otras tantas citas célebres- se la han adjudicado a Borges; aunque en un futuro no muy lejano no me extrañaría que al poeta de la mirada perdida también se lo responsabilizara de frases como "que la fuerza esté contigo".
Mis deliberaciones fueron interrumpidas por el brazo levantado de una mujer de unos setenta a ochenta y pico de años, quien apenas subió me preguntó, con una muy correcta pronunciación, si mi apellido era Schweitzer. Casi por reflejo condicionado le contesté que sí, igual que el célebre doctor. Luego le pregunté si hablaba en alemán, a lo que me respondió que no, pero que había sido profesora de Bellas Artes y que siempre le había dado mucha importancia a la correcta pronunciación de los distintos apellidos. Luego agregó que también había sido egiptóloga y que en los años 70 había trabajado en excavaciones en El Cairo (parecía que acababa de levantar a la mismísima abuela de Indiana Jones) y la conversación derivó a temas afines a sus expediciones, como las pirámides y los mosquitos y cocodrilos del Nilo.
Una vez concluido el viaje contemplé la posibilidad de que de aquí en más la calle Arenales se me representara asociada al recuerdo de la anciana aventurera. Mis reflexiones fueron otra vez interrumpidas por el grito de TAXI de otra mujer de unos cincuenta y pico. Antes de que tuviera tiempo de interrogarla por la dirección a donde debía llevarla, me preguntó qué número era el gato. En ese momento se me representó la idea de un gato egipcio, pero le pregunté a qué gato se refería. Me contestó: "al número de lotería, porque mi hijo me llamó recién para decirme que pisó un gato con el auto y quiero jugarle a la lotería a ver si tengo suerte". Luego me dijo que debíamos ir lo antes posible a Tucumán y Maipú. Le propuse tomar por el bajo, pero insistió en ir directamente por Maipú. Cuando la marcha del tráfico comenzó a circular en forma excesivamente lenta, decidió bajar tres cuadras antes del destino prefijado, dejándome varado en el caótico microcentro porteño.
Mientras intentaba buscar la manera de zafar de la incómoda situación a la que la desconsiderada pasajera me había expuesto, pensé que quizás Borges tenía razón y eran los filtros de la memoria los que evitaban que muchas de las calles de la ciudad me remitieran al recuerdo indeleble de clientes excesivamente hincha pelotas.
jueves, 4 de octubre de 2007
Crónica de la pasajera porteña*
Salgo de la oficina, como todos los días, pero éste, especialmente conmovida. Acabo de enviar el telegrama. Los hechos contundentes se comunican por telegrama. ¿Cuántos telegramas mandaste en tu vida? Otro ranking bizarro.
Temblando, obnubilada, en el borde de la vereda levanto un brazo y antes de pestañear ya frenó el taxi. No es radiotaxi. No importa. No tengo miedo porque hoy mandé un telegrama. Y estoy flotando.
Quizás por eso le digo al taxista: Ayacucho y Junín. Me corrige: Son paralelas. Al principio no escucho su objeción porque estoy en mi propio viaje mental. Veo que me está mirando por el espejo como esperando una respuesta.
Y a continuación le explico que estoy aturdida porque mandé un telegrama y bla bla bla.
Supongo que le hablé muchísimo para lo breve del viaje. El taxista escuchaba con una actitud como de confesor pagano y express. Apenas le dejé tiempo para que me explique su punto de vista, sobre la relación de dependencia y la independencia. Con su sabiduría de cacique del asfalto me dijo:
Qué capo el tachero.
Cuando me bajé me dio una tarjeta que decía Think about it.
*afectuoso homenaje al tachero suizo
martes, 18 de septiembre de 2007
zías
Allí cuando no hay tutía...
...aparece
Para aportar un poco de orfandad
atávica-cósmica,
pura y simple
de abuelas adoptadas
en el campo y en el barco.
De abuelas huérfanas adoptadas
y longevas.
Como las tres niñas
que se encontraron hace un siglo
allá en la fábrica de manteca
en Suipacha
Que eran hermanas, huérfanas
y luego tías.
miércoles, 12 de septiembre de 2007
martes, 11 de septiembre de 2007
Crónica del tachero suizo VI y VII (mutantes, también)
Crónica VI
La abnegada yidische mame
El dilema era si seguir por Ayacucho o doblar en Quintana. A esa hora de la mañana había más potenciales pasajeros circulando por Ayacucho, pero siguiendo los impulsos de mi intuición decidí doblar a la derecha. Apenas puse el guiño, como si estuviera esperando mi arribo, me topé con el brazo levantado de una señora de unos setentipico con una valija con rueditas, cuyas modestas vestimentas no concordaban con los atuendos habituales de los moradores del barrio de
Mientras me pedía que la ayudara a subir la valija al auto, se quejaba diciendo "yo no sé para qué me hacen llevar esta valija que no entra en ninguna parte". Su castellano era entendible, aunque tenía un acento que yo identificaría como de alguna región del este de Europa. Cuando por fin logró subir la valija, el taxi se impregnó de un profundo olor a ajo. Me indicó que debíamos dirigirnos a la zona de Tribunales, a la calle Talcahuano entre Lavalle y Tucumán. Luego me preguntó qué hora era, le contesté que las 11.38. Entonces me pidió que me apurara porque debía entregarle la comida a su hijo antes de las 12. Me dispuse a tratar de elegir el camino más adecuado para que la abnegada yidische mame pudiera llegar a tiempo a cumplir con su misión.
Durante el viaje se la pasó realizando una serie de comentarios a modo de protesta sobre temas tan variados como la inflación, el tránsito y los piqueteros; a los que yo, cumpliendo con la regla de oro del buen tachero (el pasajero siempre tiene razón), me limitaba a responder en forma afirmativa. Al llegar al Palacio de Justicia, agobiada por el intenso tráfico, decidió bajarse una cuadra antes del destino prefijado. No obstante, antes de descender me pidió que le diera un tiket, dejando bien en claro que una cosa eran los afectos familiares y otra distinta el mundo de las finanzas.
Crónica VII
Dando cátedra sobre la catedral
Sobre Talcahuano había acabado de dejar a una yidische mame quien estaba muy apurada por llevarle el almuerzo a su nene, al que yo imaginaba como un típico tiburón (abogado) de la zona de Tribunales. Fue entonces que, antes de que tuviera tiempo de poner primera, un hombre de unos cincuenticinco cuyo cuello blanco lo identificaba como un miembro de la iglesia, me hizo señas para que me detuviera. En ese instante pensé que quizás ese era el día de las comunidades religiosas o una forma en la que se estaba restableciendo el equilibrio cosmológico entre el yin y el yang al que hacen referencia los taoístas.
Me dijo que lo llevara a la catedral, a lo que le pregunté si se refería a la catedral que está enfrente de
En su voz había un aire de pesimismo que denotaba un escepticismo que yo no hubiera esperado de un hombre de fe, quien –supuestamente- adhiere a las creencias sobre designios divinos del destino. Lo cual me hizo reflexionar sobre la forma incierta en la que suele presentarse la realidad cotidiana, como inciertos son los rumbos que ha de recorrer un tachero durante el transcurso de su jornada laboral.




