
Como un pajarito que, luego de abrir la jaula con el pico, sale caminando.
¡Ahora tenés que usar las alas, pichón!
El lugar somos nosotros.
Partimos en una caravana mutante hacia el sur del verano. Hacia la aldea del suizo, en reposo. En un retiro espiritual, en un rito de reinicio. Una convivencia freaky. Una villa sin mosquitos y una playa sin palmeras. Festejamos a un amigo, el mentor.
Una semana de incubación colectiva. Al viento y al sol.
*Para JSG

El gato egipcio
Circulaba por Suipacha cuando decidí doblar en dirección a Arenales. Fue entonces que me pregunté cuáles habrían sido los méritos militares, políticos o de otras índoles que le merecieron al tal Arenales el hacerse adjudicatario del nombre de una calle. No obstante, en mi muy personal guía de la ciudad los nombres de muchas calles tenían connotaciones que en mi memoria remitían a algunos pasajeros en particular. Algunos de dichos recuerdos me resultaban tan remotos que me incitaban a interrogarme acerca de cuáles eran las reales fronteras de la memoria. "La memoria nos recuerda que debemos olvidar", era una frase cuya autoría -no estaba del todo seguro, pero como otras tantas citas célebres- se la han adjudicado a Borges; aunque en un futuro no muy lejano no me extrañaría que al poeta de la mirada perdida también se lo responsabilizara de frases como "que la fuerza esté contigo".
Mis deliberaciones fueron interrumpidas por el brazo levantado de una mujer de unos setenta a ochenta y pico de años, quien apenas subió me preguntó, con una muy correcta pronunciación, si mi apellido era Schweitzer. Casi por reflejo condicionado le contesté que sí, igual que el célebre doctor. Luego le pregunté si hablaba en alemán, a lo que me respondió que no, pero que había sido profesora de Bellas Artes y que siempre le había dado mucha importancia a la correcta pronunciación de los distintos apellidos. Luego agregó que también había sido egiptóloga y que en los años 70 había trabajado en excavaciones en El Cairo (parecía que acababa de levantar a la mismísima abuela de Indiana Jones) y la conversación derivó a temas afines a sus expediciones, como las pirámides y los mosquitos y cocodrilos del Nilo.
Una vez concluido el viaje contemplé la posibilidad de que de aquí en más la calle Arenales se me representara asociada al recuerdo de la anciana aventurera. Mis reflexiones fueron otra vez interrumpidas por el grito de TAXI de otra mujer de unos cincuenta y pico. Antes de que tuviera tiempo de interrogarla por la dirección a donde debía llevarla, me preguntó qué número era el gato. En ese momento se me representó la idea de un gato egipcio, pero le pregunté a qué gato se refería. Me contestó: "al número de lotería, porque mi hijo me llamó recién para decirme que pisó un gato con el auto y quiero jugarle a la lotería a ver si tengo suerte". Luego me dijo que debíamos ir lo antes posible a Tucumán y Maipú. Le propuse tomar por el bajo, pero insistió en ir directamente por Maipú. Cuando la marcha del tráfico comenzó a circular en forma excesivamente lenta, decidió bajar tres cuadras antes del destino prefijado, dejándome varado en el caótico microcentro porteño.
Mientras intentaba buscar la manera de zafar de la incómoda situación a la que la desconsiderada pasajera me había expuesto, pensé que quizás Borges tenía razón y eran los filtros de la memoria los que evitaban que muchas de las calles de la ciudad me remitieran al recuerdo indeleble de clientes excesivamente hincha pelotas.
Salgo de la oficina, como todos los días, pero éste, especialmente conmovida. Acabo de enviar el telegrama. Los hechos contundentes se comunican por telegrama. ¿Cuántos telegramas mandaste en tu vida? Otro ranking bizarro.
Temblando, obnubilada, en el borde de la vereda levanto un brazo y antes de pestañear ya frenó el taxi. No es radiotaxi. No importa. No tengo miedo porque hoy mandé un telegrama. Y estoy flotando.
Quizás por eso le digo al taxista: Ayacucho y Junín. Me corrige: Son paralelas. Al principio no escucho su objeción porque estoy en mi propio viaje mental. Veo que me está mirando por el espejo como esperando una respuesta.
Y a continuación le explico que estoy aturdida porque mandé un telegrama y bla bla bla.
Supongo que le hablé muchísimo para lo breve del viaje. El taxista escuchaba con una actitud como de confesor pagano y express. Apenas le dejé tiempo para que me explique su punto de vista, sobre la relación de dependencia y la independencia. Con su sabiduría de cacique del asfalto me dijo:
Qué capo el tachero.
Cuando me bajé me dio una tarjeta que decía Think about it.
*afectuoso homenaje al tachero suizo
Allí cuando no hay tutía...
...aparece
Para aportar un poco de orfandad
atávica-cósmica,
pura y simple
de abuelas adoptadas
en el campo y en el barco.
De abuelas huérfanas adoptadas
y longevas.
Como las tres niñas
que se encontraron hace un siglo
allá en la fábrica de manteca
en Suipacha
Que eran hermanas, huérfanas
y luego tías.
Crónica VI
La abnegada yidische mame
El dilema era si seguir por Ayacucho o doblar en Quintana. A esa hora de la mañana había más potenciales pasajeros circulando por Ayacucho, pero siguiendo los impulsos de mi intuición decidí doblar a la derecha. Apenas puse el guiño, como si estuviera esperando mi arribo, me topé con el brazo levantado de una señora de unos setentipico con una valija con rueditas, cuyas modestas vestimentas no concordaban con los atuendos habituales de los moradores del barrio de
Mientras me pedía que la ayudara a subir la valija al auto, se quejaba diciendo "yo no sé para qué me hacen llevar esta valija que no entra en ninguna parte". Su castellano era entendible, aunque tenía un acento que yo identificaría como de alguna región del este de Europa. Cuando por fin logró subir la valija, el taxi se impregnó de un profundo olor a ajo. Me indicó que debíamos dirigirnos a la zona de Tribunales, a la calle Talcahuano entre Lavalle y Tucumán. Luego me preguntó qué hora era, le contesté que las 11.38. Entonces me pidió que me apurara porque debía entregarle la comida a su hijo antes de las 12. Me dispuse a tratar de elegir el camino más adecuado para que la abnegada yidische mame pudiera llegar a tiempo a cumplir con su misión.
Durante el viaje se la pasó realizando una serie de comentarios a modo de protesta sobre temas tan variados como la inflación, el tránsito y los piqueteros; a los que yo, cumpliendo con la regla de oro del buen tachero (el pasajero siempre tiene razón), me limitaba a responder en forma afirmativa. Al llegar al Palacio de Justicia, agobiada por el intenso tráfico, decidió bajarse una cuadra antes del destino prefijado. No obstante, antes de descender me pidió que le diera un tiket, dejando bien en claro que una cosa eran los afectos familiares y otra distinta el mundo de las finanzas.
Crónica VII
Dando cátedra sobre la catedral
Sobre Talcahuano había acabado de dejar a una yidische mame quien estaba muy apurada por llevarle el almuerzo a su nene, al que yo imaginaba como un típico tiburón (abogado) de la zona de Tribunales. Fue entonces que, antes de que tuviera tiempo de poner primera, un hombre de unos cincuenticinco cuyo cuello blanco lo identificaba como un miembro de la iglesia, me hizo señas para que me detuviera. En ese instante pensé que quizás ese era el día de las comunidades religiosas o una forma en la que se estaba restableciendo el equilibrio cosmológico entre el yin y el yang al que hacen referencia los taoístas.
Me dijo que lo llevara a la catedral, a lo que le pregunté si se refería a la catedral que está enfrente de
En su voz había un aire de pesimismo que denotaba un escepticismo que yo no hubiera esperado de un hombre de fe, quien –supuestamente- adhiere a las creencias sobre designios divinos del destino. Lo cual me hizo reflexionar sobre la forma incierta en la que suele presentarse la realidad cotidiana, como inciertos son los rumbos que ha de recorrer un tachero durante el transcurso de su jornada laboral.
Ahora está nuestro oso corriendo sobre la superficie congelada de una corriente de agua. Tiene que correr porque el hielo quema sus palmas frágiles.
Por momentos el hielo es más fino y se quiebra, y nuestro oso se hunde en la corriente de agua amarga. Su desplazamiento continúa bajo el agua, con otros movimientos, con otra velocidad, con otro paisaje. Continúa así su desplazamiento subgeláneo por el agua amarga, hasta que puede volver a hacer pie en la superficie.
Cuando emerge se encuentra con la lechuza, parada sobre una rama inclinada sobre el hielo.
Le dice la lechuza: “Se fiel a ti mismo”
Dice el oso: “¿A cuál de todos mis yos mismos?
La lechuza, levantando vuelo: “Al que acaba de formular la pregunta”
Una paloma se tira un pedo y suelta una pluma.
Un gorrión captura la pluma y la incorpora a su nido.
En el nido un pichón rompe el huevo y cae el cascarón por la alcantarilla.
Se lo comen los cascarudos.
Pasa volando la lechuza.
La lechuza que profetiza y tiene hambre, detecta un cascarudo y lo engulle volando al ras.
Cuando levanta vuelo defeca.
Cae la caca sobre el oso.
El oso bipolar que hiberna en Plaza Houssay. Contra su cuerpo se calientan los pies todos los linyeras de la plaza. Veinticinco en total. Cincuenta pies contra el oso.
No entendió la señal de la lechuza y siguió durmiendo.
Creo que antes de la primavera se lo hacen a la parrilla.
Como si fuera un potus
Siguiendo el flujo migratorio de la fauna urbana orienté mi rumbo hacia la zona céntrica de la gran ciudad. Fue una mezcla de reflejos y memoria lo que me permitió esquivar por primera vez el bache de Salguero y Paraguay, al que tenía previsto bautizar con algún sustantivo, puesto que en otras oportunidades ya le había dedicado más de un adjetivo.
En la esquina de Charcas pude divisar los frenéticos movimientos del brazo de una joven de no más de 20 años. Antes de decidirse a subir pareció observar las facciones de mi rostro, como si las estuviera sometiendo a un severo test lombrosiano. Una vez acomodada en el asiento trasero me informa que se dirigía a la facultad de Belgrano, pero que antes debíamos pasar a buscar una amiga. En la intersección de República de
— ¡Pero boluda! Cómo que no te acordabas dónde vivo, si ya vinistes un montón de veces?!
A lo que ella le contestó
— Sí boluda, ya sé, lo que pasa es que no me acordaba si era enfrente del zoológico o del botánico. Cambiando de tema. ¿Qué sabés de Jose, sigue saliendo con ese pibe? ¿Cómo era que se llamaba?
—Matías. Sí, en realidad ella lo quiere dejar, lo que pasa es que el pibe es re lindo y cuando se siente sola o aburrida lo llama. Él parece que está re enamorado y le dice que la quiere, pero a ella no le despierta nada. Me contó que lo mira y es como si estuviera viendo una planta, no sé, como un potus.
—O una palmera…
—Bueno, tanto no me contó.
Después de ese último comentario las dos coincidieron en una suerte de sonrisa cómplice.
En la puerta de la facultad de la calle Zabala finalizó el viaje. Mientras apagaba el reloj, tuve la impresión de haber escuchado una versión, quizás un poco naif, de los diálogos que mujeres deben tener en los baños públicos o cualquier otro ámbito en que estén ausentes los inquisidores oídos masculinos. No obstante, también tuve la intuición de que las temáticas de esas charlas se deben tornar más interesantes en mujeres arriba de 25. Sin embargo, sabía que mi curiosidad no sería saciada fácilmente, puesto que a medida que pasan los años las mujeres parecerían ser más cautas a la hora establecer ciertas conversaciones políticamente incorrectas, ante la presencia de cualquier eventual sujeto masculino, inclusive un ignoto tachero.
Lúcido de día,
alucina de noche.
Imposible alumbrar
el lado oscuro del lunático
que lucha a ciegas
contra un lucifer diabético.
Lunático de día,
lúcido de noche.
Imposible luchar
contra ese lunar alérgico
que luce oscuro
contra la piel lánguida.
Luciérnaga de día,
cucaracha de noche.
Alucina que lo aplastan
en un cuarto lúgubre
de un lupanar perdido
en un lugar cercano.
Imposible luchar.
Imposible alumbrar.
Hasta que un día
el alumno aprende.
Ni literatura, ni diario íntimo.
Ni literatura, ni diario íntimo.